El antisemitismo en el orbe hispánico

06/Oct/2014

El País, España, Enrique Krauze

El antisemitismo en el orbe hispánico

El conflicto entre Israel
y Palestina está permitiendo crecer un racismo intolerableLa guerra de Gaza volvió
a despertar al monstruo dormido del antisemitismo europeo. No ocurre lo mismo
en América Latina. Cierto, los Gobiernos de Chile y Brasil llamaron a sus
embajadores en Israel, Fidel Castro lo acusó de genocidio y los gobernantes
fieles a la revolución bolivariana hicieron público su repudio. Pero este
rechazo no implica antisemitismo. Otra cosa ocurre en las redes sociales en
español, utilizadas sobre todo por los jóvenes y donde el veredicto
condenatorio viene acompañado de los consabidos temas antisemitas. La región se
ha comportado como parece sugerir el Global Index on Antisemitism de la
Anti-Defamation League (ADL): no es (aún) particularmente antisemita, pero
comienza a serlo.
El índice se basa en
amplias encuestas hechas en años recientes. En “las Américas”, un 19% de las
personas se ajusta al prejuicio. Quitando Canadá (14%) y Estados Unidos (9%),
América Latina alcanza un 31%. Cifra alta, sin duda, pero inferior a Oriente
Próximo y África del Norte (74%), Grecia (69%), Francia (37%) y Europa del Este
(34%), aunque superior a Portugal (21%), Oceanía (14%), Gran Bretaña (9%) y
Suecia (4%). Vale la pena reflexionar por qué. Y tomar providencias para que no
se profundice.
Jorge Luis Borges
definió, en una línea escrita en 1938, la diferencia entre el antisemitismo
alemán y el argentino: “Hitler no hace otra cosa que exacerbar un odio
preexistente; el antisemitismo argentino viene a ser un facsímil atolondrado
que ignora lo étnico y lo histórico”. Su reflexión fue válida entonces y lo es
aún ahora, no sólo para Alemania y Argentina sino para Europa e Iberoamérica.
Hasta hace unas décadas, el antisemitismo fue un derivado de dos odios
externos: el antiguo antijudaísmo de la tradición católica en España, y el
racismo europeo del siglo XX. Pero en tiempos recientes, exacerbado por el
conflicto palestino israelí, ha aparecido un nuevo, potente e inesperado
antisemitismo: un antisemitismo de izquierda.
Aquella “atolondrada
ignorancia” no sólo era evidente por la presencia generalizada de innumerables
apellidos de “cepa judeo portuguesa” (el elemento étnico al que Borges se
refería) sino por la historia, apenas contada, que guardan los archivos de la
Inquisición. Iberoamérica es la zona arqueológica de un judaísmo secreto,
desprendido de sus raíces. Desde tiempos de la Conquista hasta mediados del
siglo XVII, sucesivas olas de inmigrantes judíos provenientes de España y
Portugal se avecindaron en la futura América Latina. Según ha demostrado
Jonathan Israel, desde sus ciudades y puertos tejieron una impresionante red
comercial y financiera que cubría todos los continentes y fue el presagio de la
actual globalización. Al truncarse por los autos de fe del siglo XVII y
desvanecerse en el espacio y el tiempo, esta presencia dejó apenas algunas
huellas culturales más allá de los apellidos. Por eso mismo, no se generó un
antisemitismo autóctono.
La posguerra fue generosa
con los judíos latinoamericanos
El contraste actual con
España —la casa matriz política y religiosa— puede ser ilustrativo. Hubo judíos
en España desde antes de Cristo y oficialmente cesó de haberlos en 1492, pero
su presencia había sido tan arraigada que el fantasma del judío recorrió los
siglos españoles hasta llegar al presente. El viejo antijudaísmo religioso está
vivo en el habla cotidiana, en las leyendas populares y en sectores de la
opinión pública, pero su contraparte no es menos cierta: el culto a la huella
de Sefarad en muchas ciudades españolas y la tradición liberal de tolerancia y
pluralidad que tuvo su mayor expresión universal en la obra de un nieto remoto
de España (Spinoza) y en las novelas de otro gran Benito: Pérez Galdós. Por si
faltaran hechos alentadores, el tratamiento del trágico tema judío en la
magnífica telehistoria Isabel (producida por RTVE) fue objetivo, delicado y
conmovedor. Por eso, aunque es alto, el índice de la ADL para España es menor
que el promedio de América Latina: 29%.
A fines del siglo XIX,
los países independientes de Iberoamérica acogieron nuevas oleadas de
inmigrantes judíos. El principal receptor fue Argentina. Como sus remotos
antepasados, huían de la persecución, en su caso zarista. En las primeras
décadas del siglo XX, con el ascenso del antisemitismo en la Europa del Este,
la corriente incluyó miles de judíos polacos. En la mayoría de países de
América Latina, encontraron una atmósfera general de tolerancia, que se
perturbó por una década por efecto de otro odio exógeno: la propaganda nazi.
Al estallar la II Guerra,
un sector de la prensa y la opinión pública latinoamericana —y no pocos
intelectuales, políticos y empresarios de derecha— simpatizaron con las
potencias del Eje. Las publicaciones antisemitas (Los protocolos de los Sabios
de Sión, El judío internacional, Mi lucha) circularon profusamente, junto con
obras (artículos, caricaturas, carteles, folletos) de autores locales. De
particular importancia simbólica en México fue la aparición en 1940 de la
revista Timón, pagada por los nazis y dirigida por José Vasconcelos, el
escritor y filósofo más prestigiado de la primera mitad del siglo XX.
La posguerra fue generosa
con los judíos latinoamericanos. El antisemitismo facsimilar de corte
hitleriano pasó a los márgenes oscuros e inconfesables de la opinión pública.
Creció paralelamente la conciencia del Holocausto y el prestigio de Israel.
Pero en Argentina, el país con mayor población judía, el nazismo mantuvo cierta
influencia debido al asilo concedido por Perón a varios altos rangos
hitlerianos que dejaron escuela y cuyo momento para ensayar sus prácticas
genocidas llegó en los años setenta.
Algunos profesores de
izquierda sancionan los prejuicios de la derecha
En 1976 dio inicio el
caótico periodo en que los militares argentinos tomaron el poder y sometieron a
los liberales y los izquierdistas a un régimen de exterminio. La tortura era la
misma en el caso de judíos y no judíos, pero si se trataba, como Jacobo
Timmerman, de un judío liberal, se acompañaba de gritos de “judío”, “judío” y
ocurría en un cuarto con un retrato de Hitler. Quizá Timmerman salvó su vida
gracias a que los torturadores lo creían miembro prominente de la conspiración
consignada en los Protocolos de los Sabios de Sión y esperaban sacarle
información significativa.
Aunque el terror cesó con
el advenimiento de la democracia en Argentina, los judíos enfrentarían un nuevo
acto en 1994, cuando una bomba plantada por las autoridades iraníes —con la
complicidad oficial— destruyó el edificio de la comunidad israelita matando a
85 personas. Con todo, en Argentina el antisemitismo facsimilar de derecha no
arraigó. Hoy el índice es igual que el de México y Trinidad y Tobago (24%), por
debajo de todos los países del área salvo Jamaica (18%) y Brasil (16%).
En estos últimos 20 años,
el justificado enojo de los ámbitos liberales y la izquierda con la ocupación
israelí de los territorios en Cisjordania y la Franja de Gaza se ha venido
transformando en algo muy distinto: un antisemitismo de izquierda,
especialmente duro en círculos académicos.
Dos factores adicionales
le han dado impulso: el antisemitismo oficial del régimen chavista y el
crecimiento de las redes sociales. Ahora pueden leerse todos los lugares
comunes del viejo antisemitisimo de derecha sancionados por algunos profesores
de izquierda.
El hecho central
permanece: América Latina no es (aún) particularmente antisemita. Pero hay
países como Panamá (52%), Colombia (41%), República Dominicana (41%), Perú
(38%) y Chile (37%) con niveles alarmantes. La solución justa y la paz en Oriente
Próximo pueden rebajarlos, pero ese elemento no es sólo exógeno sino
improbable. Mientras tanto, cada país debe profundizar en el conocimiento de
este prejuicio milenario y combatirlo, igual que a todas las formas modernas
del racismo.
Enrique Krauze es
escritor mexicano y director de la revista Letras Libres.